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“La autonomía es rebelión…”

La autonomía es rebelión, hacerte un ser autónomo y autorresponsable supone asumirte como un actor principal en tu vida. Significa desafiar la perspectiva de no ser ni víctima ni perpetradora de nuestras propias decisiones. Hay una cita de un libro que leí de adolescente que decía “somos semivíctimas y semicomplices de lo que nos pasa”. Recuperar la autonomía de nosotras mismas, es parte de responsabilizarnos de nuestras prácticas y sentires, conectándonos más aún con ellos. Aceptar la autorresponsabilidad supone aceptarte a ti misma, asumir la libertad es asumir también que puedes tomar decisiones y asumir las consecuencias para tu vida, significa saber qué quieres; y eso es clave para todo en la vida, y fundamental en el plano afectivo. De esta manera se consigue asumir cosas sencillas como el qué quieres construir, con quién y cómo vivir esos afectos y cuestiones claves para construir las relaciones como la empatía, la asertividad, la sinceridad y transparencia, el equilibrio, el respeto, la liberta d o el (auto)cuidado.

Por ello comparto el concepto de autoviolencia, un concepto que nos hace replantearte el pasado, presente y la dirección en la que queremos construir nuestras relaciones de amor, entre ellas, la relación de amor contigo mismx. Laura Rubiano define la autoviolencia como “lo que dejo construir dentro de mi y yo no estoy de acuerdo y comienzo a generar una serie de sentimientos, emociones, pensamientos y actitudes que me van a llegar a contradecir lo que supuestamente estaba bien para mi, y entro en toda una contradicción interna, externa, sentimental, pasional y etc”. Es ese ejercicio de violencia que te haces a ti mismx permitiendo ciertas cuestiones, dejando que sucedan sin más siendo configurada por factores sociales, culturales, políticos e ideológicos. Pensar en autoviolencia invita a pensar en autorresponsabilidad.

Lo que a veces llamamos amor, nace de la necesidad de llenar un vacío, un no es posible estar en soledad. Entonces llegamos a construir relaciones desequilibradas, y no sabemos colocar bien los límites de hasta donde queremos o no llegar. El diálogo y la comunicación constante se pierde, y dejamos de sincerarnos. Empiezas a cambiar, no por la lógica de la interacción y madurez personal, sino por gustar a alguien, por la lógica del amor romántico de salvar a alguien o de buscar que alguien nos salve, y por supuesto, con dolor y sufrimiento. Y no solo con las parejas, aunque la estructura social está hecha por y para parejas, la cultura se encarga de mitificar la pareja, y nuestro yo se ocupa de convencernos de que sin pareja no somos nada, y que no encontraremos a nadie igual nunca jamás, revelando la existencia de un miedo absoluto a la soledad, y el falso entendimiento del amor se convierte en la válvula de escape, un reconocimiento de falsa autónomia, como se vuelve codependiente de otra para así reforzar su sentimiento de seguridad necesitando a otra persona mínimo.

 

Esther Martín Pineda, Bogotá 2015

 

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